Paul Sánchez

Paul Sánchez

Energía Circular

No puede haber democracia sin ciudadanía todos los días

– Ralph Nader

En las últimas semanas he abordado tres tendencias del futuro energético: la descarbonización, la descentralización y la digitalización. En conjunto estas tres tendencias crean y refuerzan una cuarta tendencia: la democratización de la energía, que es la cuarta D del futuro energético.

La democratización, para efectos de este artículo, no se relaciona con el concepto de la ciencia política que se refiere a la transición de regímenes políticos autoritarios a democráticos, pero sí toma el componente más importante del concepto de la democracia: el ciudadano que es el centro del proceso democrático.

Un concepto relacionado sería la democratización del conocimiento que se refiere al proceso de diseminar el conocimiento entre la gente común rompiendo con ello las concentraciones de conocimiento de las cuales gozan las élites. Las bibliotecas y el acceso al internet son fuentes que permiten democratizar el conocimiento.

De la misma forma, democratizar la energía implica el proceso de romper con las barreras que impiden el acceso universal a la energía y la adaptación de los centros de consumo en centros de producción. Esto implica varias cosas, pero la más importante es desarrollar una regulación que ponga en el centro al consumidor, al usuario y al ciudadano.

Esto significa que se le permita libremente elegir su proveedor de energía y su fuente de generación; que se le permita instalar paneles solares en sus techos sin necesidad de regulaciones complejas y que benefician a las cadenas productivas horizontal y verticalmente integradas; y sobre todo implica que todos los ciudadanos tengan acceso a la energía, entendiendo por esto no solo electrificación sino tener la capacidad de pagar o tener una tarifa protegida de acuerdo con sus necesidades básicas.

Así como en la democracia política la fuente de la legitimidad del gobernante la depositan los ciudadanos soberanos en su conjunto, el sector energético parte de la misma lógica, de la existencia de demandas sociales que son importantes para el desarrollo de un futuro energético moderno para las nuevas generaciones.

Esto incluye la descarbonización reflejada en un consumo responsable de energía que debe considerar el menor impacto posible al medio ambiente. Incluye también el rompimiento de monopolios estatales y el control del Estado en asuntos de provisión de los servicios de la energía y rediseñar su rol como regulador y protector de los ciudadanos, es decir, un proceso de descentralización.

También incluye el aprovechar los recursos que la digitalización pone al alcance de las sociedades modernas para la consolidación de un sector que aprovecha la interconectividad de los centros de consumo con los centros de producción y rompa con las limitaciones de la integración de energías renovables a las redes de distribución y transmisión de energía, las cuales deberán ser en todo momento inteligentes.

Y, por su puesto, implica poner atención a los más desprotegidos, marginados y vulnerables, a aquellos ciudadanos que no tienen acceso a la energía o quienes tienen acceso a energía de menor calidad – como la leña u otros combustibles sólidos – o quienes tienen acceso a energía contaminante o quienes teniendo una conexión eléctrica, por ejemplo, no pueden pagar sus recibos de luz.

La brecha del acceso a la energía es la fuente fundamental de la pobreza y desigualdad energética y eso tiene un impacto en la calidad de vida de los ciudadanos. En una democracia energética eso debe importar. La democratización de la energía se trata pues de llevar más energía a menores precios a menores costos ambientales y sociales y eso va de la mano con la digitalización, la descentralización y la descarbonización del sector energético del futuro.

Las opiniones publicadas en esta columna son responsabilidad del autor y no representan ninguna posición por parte de Business Insider México.

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